Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Tenía la mirada clavada en el suelo, y un aire serio y meditativo. A pesar de sus prisas y de su anuncio de que iba a ser «breve y claro», no encontraba las palabras con que iniciar su discurso. «¿Qué vendrá ahora?», me preguntaba yo.

—Mira, Vania, he venido a pedirte un favor inmenso. Pero antes… ahora mismo caigo en la cuenta de que tendría que ponerte al corriente de determinadas circunstancias… Unas circunstancias extraordinariamente delicadas…

Se aclaró la garganta y me miró fugazmente; fue mirarme y ruborizarse, y al ruborizarse se enfadó consigo mismo por su escaso ingenio; se enfadó, pero por fin se animó:

—¡Vaya, no hay nada que explicar! Tú mismo lo vas a entender. En pocas palabras, voy a retar a duelo al príncipe, y te quiero pedir que te encargues de los preparativos y seas mi padrino.

Me eché para atrás en la silla y le miré estupefacto.

—Bueno, ¡no me mires así! Ni que me hubiera vuelto loco.

—Pero, disculpe, Nikolái Sergueich. ¿Con qué pretexto? ¿Con qué objetivo? Y, sobre todo, cómo es posible que…

—¡Pretexto! ¡Objetivo! —gritó el anciano—. ¡Mira qué bonito!


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