Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Hum! Parece que ha salido a su abuelo. Luego me cuentas toda esta historia. A lo mejor hay algún modo de ayudarla, en vista de que lo ha pasado tan mal… Muy bien, pero ahora, hermano, ¿no podrías decirle que se fuera? Tengo que comentarte un asunto muy serio.

—Pero si no tiene adónde ir. Vive aquí.

Le expliqué lo que pude, en dos palabras, y añadí que podía hablar en su presencia, que no era más que una chiquilla.

—Sí, bueno… claro, una chiquilla. La verdad, hermano, me has dejado perplejo. Así que vive contigo. ¡Santo Dios!

Y el hombre volvió a mirarla, estupefacto. Yelena, consciente de que estábamos hablando de ella, estaba sentada en silencio, con la cabeza gacha, dando pellizcos con sus finos dedos en el borde del sofá. Ya había tenido ocasión de ponerse el vestidito nuevo, que le quedaba perfecto. Se había cepillado el pelo con más esmero de lo habitual, tal vez, con motivo del estreno del vestido. Lo cierto es que, de no ser por aquel extraño salvajismo de su mirada, sería una niña preciosa.

—Seré breve y claro, hermano —empezó de nuevo el anciano—. Es un asunto muy importante. Es largo de contar…


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