Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No, es un simple ataque de nervios. Me pasa a veces. Y usted ¿se encuentra bien?

—Sí, sí, no me pasa nada. Es la excitación. Tengo que contarte una cosa. Siéntate.

Acerqué una silla y me senté a la mesa, enfrente de él. El anciano se inclinó ligeramente hacia mí y empezó, bajando la voz:

—Procura no mirarla y haz como si estuviéramos hablando de otra cosa. ¿Qué clase de invitada tienes aquí?

—Luego se lo explico, Nikolái Sergueich. Es una pobre huérfana, que no tiene a nadie en el mundo. Es la nieta de aquel Smith que vivió en esta casa y murió en una confitería.

—¡Ah, así que tenía hasta una nieta! ¡Vaya, hermano, pues mira que es rara! Te lo digo claramente: si llegas a tardar cinco minutos más, me habría ido. No quería abrirme, y en todo este tiempo no ha dicho ni pío; da miedo estar con ella, no parece un ser humano. ¿Cómo ha venido a parar aquí? Ah, ya entiendo, seguro que vino a ver a su abuelo, sin saber que había muerto.

—Sí. Ha sido muy desgraciada. El viejo, en el momento de su muerte, se acordó de ella.


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