Humillados y ofendidos

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Sellé la nota y se la dejé encima de la mesa. A una pregunta mía, el criado me informó de que Aliosha Petróvich apenas paraba en casa y últimamente regresaba siempre muy tarde, casi de madrugada.

Me costó llegar a casa. La cabeza me daba vueltas, las piernas, temblorosas, me sostenían con dificultad. La puerta de mi apartamento estaba abierta. Nikolái Sergueich Ijménev me estaba esperando dentro. Estaba sentado a la mesa, callado, mirando con asombro a Yelena. Ésta, a su vez, lo observaba no menos asombrada, mientras guardaba un silencio obstinado. «Seguro —pensé yo— que él la encuentra muy rara».

—Bueno, hermano, llevo una hora aquí aguardando, y reconozco que lo último que me esperaba era encontrarte… en esta situación —dijo, echando un vistazo al cuarto y haciéndome un gesto con la mirada, casi imperceptible, dirigido a Yelena. En sus ojos se reflejaba su desconcierto. Pero, fijándome más de cerca, detecté en ellos inquietud y pesar. Tenía la cara más pálida que de costumbre—. Pero siéntate; vamos, siéntate de una vez —prosiguió en un tono preocupado y ansioso—; he venido corriendo, tengo que comentarte un asunto. Pero ¿qué te ocurre? Tienes muy mala cara.

—No me encuentro bien. Llevo todo el día mareado.

—Vaya, ten cuidado, esas cosas hay que vigilarlas. ¿No te habrás enfriado?


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