Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Escuche, Nikolái Sergueich, ¿y si decidimos esperar un poco más? Le aseguro que hay más de un par de ojos pendientes de este asunto, y es posible que se resuelva por sà solo de la mejor manera, sin soluciones violentas y artificiales, como ese duelo, por ejemplo. ¡El tiempo todo lo resuelve! Y, por último, permÃtame decirle que todo su proyecto es completamente imposible. ¿De verdad se ha creÃdo usted, por un momento, que el prÃncipe va a aceptar el desafÃo?
—¿Cómo no iba a aceptarlo? ¡Qué cosas tienes!
—Se lo juro: no lo aceptará. Y, créame, encontrará alguna excusa totalmente convincente; hará todo eso con pedante solemnidad, y usted, en cambio, será objeto de burlas…
—¡Qué me dices, hermano, qué me dices! ¡Me dejas de piedra! ¿Cómo no va a aceptar el desafÃo? No, Vania, tú eres un poeta; ¡eso es lo que eres! ¿Acaso hay algo indigno, en tu opinión, en batirse en duelo conmigo? Yo no soy peor que él. Soy un anciano, un padre ofendido; tú, un literato ruso y, por lo tanto, una persona digna de respeto, puedes ser mi padrino y… y… No alcanzo a comprender qué más necesitas…
—Mire. Alegará tal pretexto que usted será el primero en admitir que resulta completamente imposible batirse con él.