Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No, no sé nada especial. Pero es imposible que ese maldito zorro haya tomado una decisión como ésa. Todo esto es un disparate, un burdo engaño. Estoy convencido, y acuérdate de lo que te digo, de que asà serán las cosas. Y, en todo caso, si la boda llegara a celebrarse, o sea, si se diera el caso de que ese canalla tuviera alguna razón personal, oculta, exclusiva, por la cual la boda le beneficiara, algún interés que yo no alcanzo a comprender, entonces, juzga tú mismo, pregúntale a tu propio corazón: ¿serÃa ella dichosa con semejante matrimonio? Los reproches, las humillaciones, ser la compañera de un niño malcriado que ya ahora está cansado de su amor y que, en cuanto se casen, empezará a faltarle al respeto, a insultarla, a despreciarla; la fuerza de su pasión creciendo a medida que él se muestra cada vez más frÃo; los celos, los tormentos, el infierno, la separación, hasta llegar, quién sabe, al crimen… ¡No, Vania! Si es eso lo que estáis tramando, y tú, para colmo, les ayudas, tendrás que responder ante Dios. ¡Te lo advierto, aunque ya será tarde! ¡Adiós!
Le detuve.