Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Eres injusto conmigo, Vania —dijo por fin, y una lágrima brilló en sus pestañas—; te lo juro, eres injusto. ¡Pero dejemos eso! No puedo desnudar mi corazón delante de ti —prosiguió, mientras se levantaba y cogÃa el sombrero—; sólo te diré una cosa: acabas de hablar de la felicidad de mi hija. No creo en absoluto, de ningún modo, en esa felicidad. Aparte de que, incluso aunque yo no intervenga, esa boda jamás llegará a celebrarse.
—¡Cómo! ¿Qué le hace pensar as� ¿Acaso está usted al corriente de algo? —exclamé intrigado.