Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Eso es demasiado idealista —respondí—, y, por tanto, cruel. Exige usted de ella una fuerza que, posiblemente, no le diera usted al nacer. ¿Cree usted que ella ha aceptado casarse para ser princesa? Pero si está enamorada: lo suyo es pasión, es la fuerza del destino. Y, en fin, le exige que desprecie la opinión pública, cuando es usted el primero en inclinarse ante ella. El príncipe le ofendió, insinuando públicamente que usted, dejándose llevar por sus bajos impulsos, había tramado un artero plan para ligarse a su familia principesca, así que usted ha llegado a la siguiente conclusión: si fuera ella la que les rechazara, después de una proposición formal por parte de la familia del príncipe, eso, naturalmente, constituiría una refutación completa y evidente de la vieja calumnia. Eso es lo que consigue: usted se inclina ante la opinión del príncipe, y al mismo tiempo está luchando para que reconozca su error. Lo que usted desea es reírse de él, vengarse de él, y para eso sacrifica usted la dicha de su propia hija. ¿Acaso no es eso egoísmo?

El anciano, muy serio, con el ceño fruncido, guardó un largo silencio.




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