Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Hum… Muy bien, amigo mÃo, ¡sigamos tu consejo! Esperaré… un tiempo prudencial, naturalmente. Ya veremos lo que hace el tiempo. Pero, eso sÃ: dame tu palabra de honor de que no vas a decirle nada a nadie de esta conversación, ni allÃ, ni a Anna Andréievna.
—Le doy mi palabra.
—Y lo segundo, Vania, hazme el favor de no volver a hablar conmigo de todo esto.
—Muy bien, tiene mi palabra.
—Y, por último, otra petición: ya sé yo, querido amigo, que a lo mejor te aburres con nosotros, pero ven a vernos más a menudo, siempre que puedas. Mi pobre Anna Andréievna te tiene tanto cariño y… y… te echa mucho de menos… ¿Lo entiendes, Vania?
Me estrechó la mano con fuerza. Yo se lo prometà de todo corazón.
—Y ahora, Vania, la última cuestión delicada: ¿tienes dinero?
—¡Dinero! —repetà asombrado.
—Sà —el anciano se ruborizó y bajó los ojos—; ya veo, hermano, dónde vives… en qué condiciones… y, como pienso que pueden surgirte gastos imprevistos, si es que no te han surgido ya, pues… yo, hermano, ciento cincuenta rublos, de momento…
—Ciento cincuenta, y además de momento, pero ¡si acaba usted de perder ese pleito!