Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Vania, veo que no me has comprendido en absoluto. Puede haber necesidades extraordinarias, entiéndelo. En ciertos casos el dinero permite mantener una posición independiente, una decisión independiente. Tal vez ahora no te haga falta, pero ¿y si lo necesitas más adelante? En cualquier caso, aquà te los dejo. Es todo cuanto he podido reunir. Si no lo gastas, siempre lo puedes devolver. Y ahora, ¡adiós! ¡Dios mÃo, estás pálido! Sà que estás enfermo…
Cogà el dinero sin rechistar. Estaba muy claro por qué me lo dejaba.
—Apenas si me tengo en pie —le respondÃ.
—Tienes que cuidarte, Vania, querido, ¡tienes que cuidarte! Hoy no salgas a ninguna parte. Ya le diré yo a Anna Andréievna en qué estado te encuentras. ¿No deberÃa verte un médico? Mañana te haré una visita; al menos, lo intentaré con todas mis fuerzas, siempre que las piernas me respondan. Y ahora deberÃas acostarte… Bueno, adiós… Adiós, niña. ¡Me ha dado la espalda! ¡Escucha, amigo mÃo! Aquà tienes otros cinco rublos; son para la chiquilla. Pero no le vayas a decir que se los he dado yo, tú limÃtate a comprarle alguna cosa, no sé, unos zapatos, o algo de ropa interior… ¡Seguro que necesita de todo! Adiós, amigo mÃo…
Le acompañé hasta el portal. TenÃa que pedirle al portero que fuera a traer algo de comida. Yelena todavÃa no habÃa probado bocado…