Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Sus ojos despedÃan chispas, las mejillas le ardÃan. «Sin duda, no lo dice por decir», pensé.
—¿Es ésa la gente con la que usted me querÃa enviar? —añadió, después de un largo silencio.
—SÃ, Yelena.
—No. Yo prefiero entrar a servir como criada.
—Ay, no sabes lo que dices, Lénochka. Además, eso es absurdo: ¿quién te iba a contratar?
—Cualquier campesino —contestó impaciente, cada vez más enfadada y más huraña. Era muy susceptible.
—Pero si los campesinos no necesitan a nadie como tú —dije riéndome.
—Bueno, pues algunos señores.
—¿Unos señores? ¿Con tu carácter?
—Pues sÃ, con mi carácter. —Cuanto más se irritaba, más abruptas eran sus respuestas.
—No aguantarÃas.
—Sà aguantarÃa. Que me regañan, pues me quedo callada, a propósito. Que me pegan, me quedo callada, siempre callada. Ya me pueden pegar, que por nada del mundo pienso echarme a llorar. Se pondrán más rabiosos de ver que no lloro.
—¡Ay, Yelena! ¡Cuánta amargura hay en ti! ¡Y qué orgullosa eres! Has tenido que ver tantas desgracias…