Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Reposar! Bueno, me quedaré en la cama hasta la caÃda de la tarde. Después tengo que salir. No tengo más remedio, Lénochka[45].
—¡Si usted lo dice! ¿A quién va a visitar? ¿No irá a casa de ese señor que estuvo aquà ayer?
—No, no voy a su casa.
—Más vale que asà sea. Ayer le alteró a usted mucho. Entonces, ¿a casa de su hija?
—¿Y qué sabes tú de su hija?
—Ayer lo escuché todo —contestó, bajando los ojos. Puso cara muy seria y frunció el ceño—. Es un viejo estúpido —añadió después.
—¿Acaso le conoces? Todo lo contrario, es un hombre muy bueno.
—No, no; es un malvado; pude oÃr lo que decÃa —replicó con convicción.
—Pero ¿qué es lo que oÃste?
—No quiere perdonar a su hija…
—Pero la quiere. Ella se ha portado mal con él, y él se preocupa por ella, lo pasa muy mal.
—¿Y por qué no la perdona? Ahora ya, aunque la perdonara, su hija no volverÃa a su lado.
—¿Cómo es eso? ¿Por qué no?
—Porque no se merece que su hija le quiera —contestó con pasión—. Mejor que lo abandone para siempre y se ponga a pedir, y que él la vea mendigando y sufra por ello.