Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Ya era casi mediodÃa. Lo primero que vi fueron las cortinas que habÃa comprado el dÃa anterior. Estaban extendidas en un rincón, colgando de una cuerda. HabÃa sido cosa de Yelena, que habÃa delimitado de ese modo un rincón propio en el cuarto. Estaba sentada delante de la estufa, calentando la tetera. Al darse cuenta de que me habÃa despertado, sonrió contenta y vino hacia mà de inmediato.
—Querida mÃa —le dije, cogiéndole la mano—, has estado toda la noche pendiente de mÃ. No sabÃa que fueras tan buena.
—¿Y cómo sabe que he estado pendiente de usted? A lo mejor he estado durmiendo toda la noche —replicó, mirándome con malicia bondadosa y tÃmida, al tiempo que se ruborizaba, avergonzándose de sus propias palabras.
—Me desperté y lo vi todo. No te quedaste dormida hasta la madrugada.
—¿Le apetece un té? —me interrumpió, sintiéndose molesta con la conversación, como les ocurre a todos los corazones pudorosos y de una honradez insobornable cada vez que son objeto de halagos.
—Sà —respond×. Pero ¿comiste ayer?
—No, no comÃ, pero sà cené. El portero trajo algo. Por cierto, en vez de hablar, tendrÃa usted que reposar tranquilamente: aún no está bien del todo —añadió, trayéndome un té y sentándose en mi cama.