Humillados y ofendidos

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Cuando recobré la conciencia, ya estaba acostado. Yelena me contó todo lo que había ocurrido entre tanto: con ayuda del portero, que acababa de presentarse con la comida, me había trasladado al sofá. Me desperté varias veces, y siempre veía, inclinado sobre mí, el rostro conmovido y preocupado de Yelena. Pero todo eso lo recuerdo como en sueños, en una neblina, y la dulce imagen de la pobre chica se me aparecía en medio del sopor, como una visión, como una pintura; me daba de beber, me arreglaba la ropa o se quedaba sentada delante de mí, apesadumbrada, asustada, y me acariciaba el pelo con sus finos dedos. En una ocasión recuerdo su beso sereno en mi cara. En cierto momento me desperté de pronto en plena noche y, a la luz mortecina de una vela que tenía enfrente de mí, en la mesita arrimada al sofá, vi que Yelena dormía agitada, con el rostro sobre mi almohada, con la pálida boca entreabierta y la tibia mejilla descansando en su mano. Pero no me desperté del todo hasta la mañana siguiente. La vela ya se había consumido; la aurora despuntaba, y un rayo de viva luz rosada jugueteaba en la pared. Yelena estaba sentada en una silla, junto a la mesita, con la cabeza apoyada en el brazo izquierdo, que reposaba sobre la mesa, profundamente dormida. Recuerdo haber mirado detenidamente su carita de niña, que incluso en el sueño tenía una expresión de tristeza nada infantil y una rara, enfermiza belleza: pálida, con largas pestañas sobre las delgadas mejillas, enmarcada en unos cabellos negros como el carbón, espesos y gruesos, mal recogidos, que le caían hacia un lado. Su otra mano yacía sobre mi almohada. Besé con mucho cuidado esa flaca mano, pero la pobre criatura no se despertó, tan sólo una especie de sonrisa se insinuó por un instante en sus labios descoloridos. Seguí mirándola y mirándola hasta que me quedé dormido plácidamente, con un sueño tranquilo y reparador. Esta vez dormí casi hasta mediodía. Al despertarme, me sentía prácticamente restablecido. El único testimonio de mi reciente enfermedad era la debilidad y la pesadez en todos mis miembros. No era la primera vez que sufría esa clase de ataques nerviosos repentinos; los conocía muy bien. Por lo general, la crisis quedaba totalmente superada en veinticuatro horas, pero en ese tiempo se manifestaba con gran intensidad y dureza.


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