Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me levanté y me acerqué a la mesa grande. Yelena se quedó sentada, mirando al suelo pensativa, pellizcando el borde del sofá. No decÃa nada. «¿Se habrá enfadado por lo que he dicho?», pensaba yo.
De pie junto a la mesa, empecé a hojear maquinalmente los libros que habÃa recogido la vÃspera para escribir mi artÃculo recopilatorio y poco a poco me absorbió su lectura. Eso es algo que me ocurre a menudo: cojo un libro, lo abro un momento para consultar algo y luego resulta que sigo leyéndolo hasta que me olvido de todo.
—¿Qué es eso que está escribiendo? —preguntó Yelena con una sonrisa tÃmida, acercándose discretamente a la mesa.
—Nada, Lénochka, de todo un poco. Me pagan por eso.
—¿Son peticiones?
—No, no son peticiones. —Y le expliqué lo mejor que pude que escribÃa todo tipo de historias sobre todo tipo de gente: de ahà salÃan los libros que llaman narraciones y novelas. Ella me escuchaba con mucha curiosidad.
—¿Y todo eso que usted cuenta es verdad?
—No, me lo invento.
—Y ¿por qué escribe cosas que no son verdad?