Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Prueba a leerlas y lo verás; mira este libro: ya te habÃas fijado antes en él. Porque tú sabes leer, ¿verdad?
—SÃ.
—Bueno, pues ya lo verás. Este librito lo he escrito yo.
—¿Usted? Lo leeré…
ArdÃa en deseos de decirme algo, pero evidentemente le costaba y estaba muy nerviosa. Algo se escondÃa debajo de sus preguntas.
—Y ¿le pagan mucho por eso? —preguntó al fin.
—Depende. Unas veces mucho, y otras veces nada, porque las cosas no marchan. Es un trabajo duro, Lénochka.
—¿Asà que no es usted rico?
—No, no soy rico.
—Entonces, me pondré a trabajar y asà podré ayudarle…
Me dirigió una rápida mirada, se puso colorada, bajó los ojos y, dando dos pasos hacia mÃ, de pronto me rodeó con sus brazos y apretó con fuerza su cara contra mi pecho. Yo la miraba perplejo.
—Yo le quiero a usted… Yo no soy orgullosa —empezó a decir—. Ayer ya me dijo que soy orgullosa. No, no… yo no soy asÃ… Yo le quiero. Usted es la única persona que me quiere.