Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero las lágrimas ya la estaban sofocando. Poco después, empezaron a brotarle del pecho con tanta fuerza como el dÃa anterior, durante el ataque. Cayó de rodillas ante mÃ, me besaba las manos, los pies…
—¡Usted es el único que me quiere! —repitió—. ¡El único, el único!
Me abrazaba las rodillas entre convulsiones. Todos sus sentimientos, reprimidos durante mucho tiempo, estallaron de golpe en un arrebato incontrolable, y yo pude comprender la extraña tozudez de aquel corazón que se habÃa mantenido pudorosamente oculto hasta ese momento, con una terquedad y un rigor crecientes a medida que la necesidad de expresarse, de dar rienda suelta a sus afectos se iba haciendo más fuerte, hasta que se produjo la inevitable explosión, y se rindió súbitamente, con todo su ser, sin reserva alguna, a esa exigencia de amor, de gratitud, de cariño, de llanto…
Sus sollozos fueron en aumento, hasta desembocar en un ataque histérico. Haciendo un esfuerzo, me libré de sus brazos, que seguÃan rodeándome. Siguió sollozando largo rato, con la cara escondida en la almohada, como si le diera vergüenza mirarme. Pero no dejaba de apretarme con fuerza la mano, manteniéndola firmemente pegada a su corazón.