Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Poco a poco se fue calmando, pero aún no se atrevía a mirarme a la cara. En dos ocasiones sus ojos recorrieron fugazmente mi rostro, y había en ellos mucha dulzura, y una especie de emoción temerosa y, una vez más, huidiza. Finalmente, me sonrió ruborizada.

—¿Te encuentras mejor? —le pregunté—. ¡Ay, mi sensible Lénochka, mi pobre niña!

—No, Lénochka no… —susurró, ocultando aún la cara.

—¿Lénochka no? Y, entonces, ¿cómo te llamo?

—Nellie.

—¿Nellie? ¿Y por qué tiene que ser Nellie? Bueno, es un nombre muy bonito. Así te llamaré si es eso lo que quieres.

—Así me llamaba mamá… Ninguna otra persona me llamó nunca así, sólo ella… Y yo tampoco quería que me llamara nadie así, aparte de ella… Pero usted llámeme así; me gustaría… Yo a usted le voy a querer siempre, siempre…

«Un corazón cariñoso y altivo —pensé—; hay que ver cuánto me ha costado ganarme el derecho a llamarte… Nellie.» Pero ya sabía que me había dado su corazón para siempre.

—Escucha, Nellie —le dije, en cuanto se hubo calmado—. Acabas de decir que sólo te quería tu madre, y nadie más que ella. Pero ¿es que tu abuelo no te quería?


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