Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No, no me quería…

—Pero si tú estuviste aquí llorando por él, acuérdate, en las escaleras…

Estuvo unos instantes pensativa.

—No, no me quería… Era malo. —Y un sentimiento doloroso se dibujó en su rostro.

—Pero no hay que ser muy severos con él, Nellie. No parecía estar en sus cabales. Al morir, tenía la cabeza perdida. Ya te he contado cómo murió.

—Sí, pero fue sólo en el último mes cuando empezó a olvidar las cosas. Se quedaba aquí metido todo el santo día y, como no viniera yo a verle, podía estarse aquí dos o tres días seguidos sin comer ni beber. Pero antes estaba mucho mejor.

—¿Antes de qué?

—Antes de que muriera mamá.

—O sea, que tú le traías de comer y de beber…

—Sí, yo se lo traía.

—Y ¿dónde lo cogías? ¿En casa de Búbnova?

—No, yo nunca le cogí nada a la Búbnova —se apresuró a decir, con un temblor en la voz.

—Y, entonces, ¿de dónde lo sacabas si tú no tenías nada?

Nellie se quedó callada y se puso muy pálida; después me dirigió una mirada larga, muy larga.


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