Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pedía limosna por las calles… Cuando reunía cinco kópeks le compraba un poco de pan y de rapé…

—¡Y él lo consentía! ¡Nellie! ¡Nellie!

—Al principio iba yo por mi cuenta y no le decía nada. Pero, cuando se enteró, él mismo empezó a mandarme a mendigar. Solía ponerme en un puente, y pedía a la gente que pasaba; él, mientras tanto, se dedicaba a pasear cerca del puente, a la espera; y, en cuanto veía que me daban algo, se acercaba corriendo y me quitaba el dinero, como si yo quisiera ocultárselo y no estuviera pidiendo para él. —Contaba todo esto con una sonrisa amarga, mordaz—. Todo eso ocurrió cuando murió mamá —añadió—. Justo por entonces perdió la cabeza.

—Entonces, tenía que querer mucho a tu madre… ¿Cómo es que no vivía con ella?

—No, no la quería… Era un hombre malo, y no la quiso perdonar… como ese odioso anciano de ayer —dijo en voz baja, casi en un susurro, y cada vez más pálida.

Yo me estremecí. El nudo de toda aquella historia me vino de pronto a la cabeza. Aquella pobre mujer muriendo en un sótano, en un taller de ataúdes; su huérfana, yendo de vez en cuando a visitar a su abuelo, que había renegado de su hija; el abuelo chiflado, con la cabeza perdida, muriendo en una confitería después de la muerte de su perro…


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