Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pues Azorka, antes, había sido de mamá —dijo de pronto Yelena, sonriendo al acordarse de algo—. Antes, el abuelo quería mucho a mamá, y, cuando ella se marchó, Azorka se quedó con él. Por eso el abuelo lo quería tanto… No perdonó a mamá, pero, cuando murió el perro, él también se murió —añadió Nellie secamente, y la sonrisa se le borró de la cara.

—Nellie, ¿qué había sido tu abuelo en otros tiempos? —pregunté, después de una breve pausa.

—En otros tiempos fue rico… No sé lo que era —respondió—. Tenía alguna clase de fábrica… Eso me dijo mamá. Al principio pensaba que yo era demasiado pequeña y no me lo contaba todo. Me cubría de besos, diciéndome: «Ya te enterarás; a su debido tiempo, ya te enterarás de todo, ¡pobrecita mía!». Y no hacía más que llamarme pobrecita y desdichada. Y por las noches, cuando creía que yo estaba dormida (aunque, en realidad, yo sólo hacía como que dormía), se ponía a llorar sobre mí, besándome y diciendo: «¡Ay, pobrecita mía, qué desdichada!».

—¿De qué murió tu madre?

—De tisis; va a hacer ahora seis semanas.

—¿Y tú te acuerdas de cuando tu abuelo era rico?

—Yo no había nacido todavía. Mamá se había ido de casa del abuelo antes de nacer yo.

—¿Con quién se fue?


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