Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No lo sé —respondió Nellie tranquilamente, como si estuviera pensando la respuesta—. Se marchó al extranjero, y allí nací yo.

—¿En el extranjero? ¿Y dónde?

—En Suiza. Yo he estado en muchos sitios: he estado en Italia, y también en París.

Me quedé sorprendido.

—¿Y tú te acuerdas, Nellie?

—Me acuerdo de muchas cosas.

—¿Y cómo es que hablas tan bien el ruso, Nellie?

—Mamá me enseñaba a hablar en ruso, también estando allí. Ella era rusa, porque su madre era rusa, pero el abuelo era inglés, aunque también era igual que un ruso. Y, cuando mamá y yo nos volvimos aquí hace un año y medio, yo aprendí a hablarlo ya del todo. Mamá ya estaba enferma por entonces. Aquí nos fuimos haciendo cada vez más pobres. Mamá no paraba de llorar. Al principio, estuvo mucho tiempo buscando al abuelo, aquí en San Petersburgo, y no hacía más que decir que se había portado mal con él, y se ponía a llorar… ¡Cuánto lloraba! Y, cuando se enteró de que el abuelo era pobre, lloró todavía más. Ella le escribía muchas cartas, pero él nunca contestaba.

—Y ¿por qué volvió aquí tu madre? ¿Sólo para buscar al abuelo?


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