Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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El príncipe, que hasta ese momento, como ya he dicho, se había limitado en sus relaciones con Nikolái Sergueich a la mera correspondencia laboral, le escribía ahora del modo más pormenorizado, franco y amistoso acerca de sus asuntos familiares. Se quejaba de su hijo; decía que le apenaba con su mala conducta, que aunque naturalmente no había que tomarse demasiado en serio las travesuras de semejante muchacho (evidentemente, trataba de excusarle) había decidido castigarlo, amedrentarlo un poco mandándole una temporada a la aldea bajo tutela de Ijménev. El príncipe escribía que confiaba plenamente en «su buenísimo y nobilísimo Nikolái Sergueich y, sobre todo, en Anna Andréievna», y les rogaba a los dos que acogieran a aquel veleta en su familia, que durante su retiro le abrieran los ojos, que le amaran, a ser posible, pero que, ante todo, corrigieran su irreflexivo carácter y «le inculcaran esas normas estrictas y salvadoras, tan imprescindibles en la vida del hombre». El viejo Ijménev, desde luego, se puso manos a la obra entusiasmado. Cuando se presentó el joven príncipe, le acogieron como a un hijo. Nikolái Sergueich no tardó en cobrarle vivo afecto, y le amaba no menos que a su propia Natasha; incluso más tarde, después de la ruptura definitiva entre el príncipe padre e Ijménev, el viejo se acordaba a veces con regocijo de su Aliosha (así se había acostumbrado a llamar al príncipe Alekséi Petróvich). Era éste, en efecto, un muchacho encantador: guapo, débil y nervioso como una mujer, pero, al mismo tiempo, alegre y cándido, de espíritu abierto y capaz de los más nobles sentimientos, y con un corazón amoroso, sincero y agradecido. Se convirtió en un ídolo en casa de los Ijménev. A pesar de que tenía diecinueve años, seguía siendo un niño. Resultaba difícil imaginar por qué le habría confinado allá su padre, quien, según decían, le amaba tanto. Decían que en San Petersburgo el joven llevaba una vida ociosa y frívola, que no quería trabajar, y eso apenaba a su padre. Nikolái Sergueich no quiso preguntarle nada a Aliosha, puesto que el príncipe Piotr Aleksándrovich, aparentemente, se había callado en su carta la auténtica razón que tenía para exiliar a su hijo. Además, corrían rumores acerca de una imperdonable veleidad de Aliosha, de una relación con una dama, de un desafío a batirse en duelo, de unas exorbitantes pérdidas en el juego; se hablaba incluso de un capital ajeno que, al parecer, habría malversado. Se decía también que el príncipe había decidido alejar a su hijo no porque éste fuera culpable de nada, sino por motivos egoístas particulares. Nikolái Sergueich negaba indignado estos rumores, tanto más cuanto que Aliosha amaba extraordinariamente a su padre, al cual no había tratado a lo largo de toda su infancia y adolescencia; hablaba de él con entusiasmo, con pasión; resultaba evidente que estaba sometido por completo a su influencia. Aliosha solía hablar también de cierta condesa a la que tanto su padre como él habían hecho la corte: el propio Aliosha había prevalecido, y el padre se había enfadado terriblemente con él. Siempre contaba esta historia con entusiasmo, con una candidez infantil, con risotadas alegres y sonoras, pero Nikolái Sergueich le interrumpía inmediatamente. Aliosha confirmaba también el rumor de que su padre quería casarle.


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