Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Llevaba ya casi un año viviendo en su exilio; en determinadas fechas escribía a su padre cartas respetuosas y prudentes y, al final, se acostumbró de tal manera a Vasílievskoie que, cuando el príncipe fue a pasar el verano en la aldea (lo cual había notificado con antelación a los Ijménev), el propio exiliado se puso a rogar a su padre que le permitiera quedarse el mayor tiempo posible, asegurándole que la vida en la aldea era su auténtico destino. Todas las resoluciones y arrebatos de Aliosha provenían de su excesiva e impresionable susceptibilidad, de su fogoso corazón, de su imprudencia, rayana a veces en la insensatez, de su extraordinaria facilidad para someterse a cualquier influencia exterior y de su absoluta carencia de voluntad. El príncipe, sin embargo, escuchó sus súplicas con cierto recelo… En general, a Nikolái Sergueich le costaba reconocer a su antiguo «amigo», pues el príncipe Piotr Aleksándrovich había cambiado considerablemente. De pronto se había vuelto extraordinariamente quisquilloso con Nikolái Sergueich; al revisar las cuentas de la hacienda mostró una repugnante avaricia, tacañería y una incomprensible desconfianza. Todo esto afligió terriblemente al bueno de Ijménev, que durante mucho tiempo intentó no dar crédito a lo que había visto. Esta vez ocurrió todo lo contrario que en la primera visita del príncipe a Vasílievskoie, catorce años atrás: en esta ocasión se presentó a todos los vecinos, a los más importantes, se entiende; en cambio, nunca iba a casa de Nikolái Sergueich y le trataba como a un subordinado. De repente sucedió algo inexplicable: sin ninguna razón aparente, tuvo lugar una violenta ruptura entre el príncipe y Nikolái Sergueich. Se oyeron palabras fuertes, ofensivas, proferidas por ambas partes. Ijménev, indignado, abandonó Vasílievskoie, pero la historia no acabó ahí. De buenas a primeras, empezaron a divulgarse abominables chismes por toda la comarca. Se aseguraba que Nikolái Sergueich, habiendo comprendido el carácter del joven príncipe, tenía la intención de aprovecharse de sus defectos en beneficio propio; que su hija Natasha, que ya tenía entonces diecisiete años, había sabido enamorar al muchacho, de veinte; que tanto el padre como la madre amparaban dicho amor aunque fingían no darse cuenta de nada; que la astuta e «inmoral» Nastasha había embrujado por completo al joven, quien gracias a su empeño no había visto en un año entero prácticamente a ninguna auténtica señorita noble de las que tanto abundaban en las honorables casas de los terratenientes vecinos. Por último, se decía que los amantes ya habían convenido casarse a quince verstas de Vasílievskoie, en la aldea de Grigórievo, al parecer a escondidas de los padres de Natasha, quienes, no obstante, conocían hasta el último detalle y asesoraban a la hija con sus viles consejos. En resumen: en un libro entero no cabrían todas las calumnias que habían levantado los cotillas del distrito, hombres y mujeres, a propósito de esta historia. Pero lo más asombroso fue que el príncipe se creyó a pies juntillas todo aquello y hasta llegó a presentarse en Vasílievskoie por ese único motivo, a raíz de una denuncia anónima que le habían enviado desde la provincia a San Petersburgo. Desde luego, nadie que conociera un poco a Nikolái Sergueich habría podido dar crédito a una sola palabra de todas las acusaciones que se le imputaban; no obstante, como suele ocurrir, todo el mundo se agitaba, hablaba, comentaba, movía la cabeza y… condenaba irrevocablemente. Ijménev era demasiado orgulloso para excusar a su hija ante los chismosos y prohibió tajantemente a Anna Andréievna que entrara en explicaciones de ningún tipo con los vecinos. La propia Natasha, a la que habían difamado de tal modo, un año después apenas sabía nada de todas aquellas falacias y chismorreos: le habían ocultado escrupulosamente toda la historia, y ella se mostraba tan inocente y alegre como una chiquilla de doce años.