Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Cómo! ¿Que no ha estado aquà ni una sola vez? Pero ¡qué me dice usted! —replicó el prÃncipe, al parecer, muy sorprendido.
—Usted estuvo en mi casa el martes por la noche, ya tarde; a la mañana siguiente Aliosha pasó media hora conmigo, y desde entonces no le he vuelto a ver.
—Pero ¡eso es increÃble! —El prÃncipe se mostraba cada vez más sorprendido—. Y yo que pensaba, justamente, que no salÃa de aquÃ. Perdóneme, es tan extraño… es sencillamente increÃble.
—Y, sin embargo, es cierto. Es una lástima: yo confiaba en que usted, precisamente, me habrÃa informado de su paradero.
—¡Ay, Dios mÃo! De todos modos, no tardará en llegar. Lo que me acaba de decir me ha dejado estupefacto… Confieso que esperaba de él cualquier cosa, pero eso… ¡eso!
—¡Pues sà que está usted sorprendido! Y yo que pensaba que no sólo no se iba a sorprender, sino que incluso estarÃa enterado de antemano de lo ocurrido.
—¡Enterado! ¿Yo? Le aseguro, Natalia Nikoláievna, que hoy le he visto apenas un instante y que no he preguntado a nadie más por él. Y me extraña que usted parezca dudar de mà —añadió, mirándonos a ambos.
—¡Dios me libre! —intervino Natasha—. Estoy completamente convencida de que ha dicho usted la verdad.