Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Los Ijménev, pues, se trasladaron a San Petersburgo. No voy a describir mi encuentro con Natasha después de tan prolongada separación. A lo largo de aquellos cuatro años nunca me había olvidado de ella. Lo cierto es que yo mismo no comprendía del todo el sentimiento con que la recordaba, pero al volver a encontrarnos no tardé en darme cuenta de que aquélla era la mujer que me reservaba el destino. En los primeros días de su llegada, me seguía pareciendo como si apenas se hubiera desarrollado en esos años, como si no hubiera cambiado en absoluto y continuara siendo la misma chiquilla que cuando nos separamos. Pero luego cada día iba descubriendo en ella algo nuevo, hasta entonces desconocido para mí, como si se me ocultara adrede, como si la muchacha se escondiera de mí a propósito… Y ¡qué gozo me producían estos descubrimientos! El viejo, una vez instalado en San Petersburgo, se mostraba en los primeros tiempos irritado y colérico. Le iban mal las cosas, y se indignaba, perdía los estribos, se ocupaba de sus gestiones oficiales y no estaba para prestarnos atención. Por su parte, Anna Andréievna andaba como aturdida y al principio no podía comprender nada. San Petersburgo la asustaba. Suspiraba y temblaba, lloraba al pensar en su antigua vida, en Ijménevka, al preguntarse por qué a Natasha, que estaba en edad casadera, no le salían pretendientes, y recurría a mí para desahogarse con extraña franqueza, puesto que no contaba con otra persona más idónea a quien hacerle sus confidencias.
