Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Fue precisamente en aquella época, poco antes de que ellos llegaran, cuando acabé mi primera novela, con la que se inició mi carrera literaria, y, como escritor novel, en principio no sabía hacia dónde encaminarla. En casa de los Ijménev no hablaba de eso; de hecho, casi se habían enfadado conmigo porque vivía ocioso, es decir, porque ni trabajaba ni me esforzaba por encontrar un empleo. El viejo me lo recriminaba con amargura y hasta con cólera; naturalmente, eso obedecía al interés paternal que sentía por mí. Pero a mí, simplemente, me daba vergüenza contarles a qué me dedicaba. Así que, como no podía declarar abiertamente que no quería trabajar, sino que deseaba escribir novelas y que por eso los había estado engañando hasta ese momento, le decía que no me daban un empleo aunque hacía todo lo posible por conseguirlo. Él no tenía tiempo para comprobar si decía la verdad. Recuerdo cómo en cierta ocasión Natasha, harta de escuchar nuestras conversaciones, me llevó aparte discretamente y, con lágrimas en los ojos, me rogó que pensara en mi porvenir, me interrogó, trató de sonsacarme para averiguar a qué me dedicaba exactamente y, como no me abrí a ella, me hizo jurarle que no me echaría a perder como un perezoso y un holgazán. Lo cierto es que, aunque no le confesé a qué me dedicaba, creo que habría cambiado por una palabra suya de aprobación de mi trabajo, de mi primera novela, los más favorables juicios que más tarde escucharía de los críticos y de quienes valoraron mi obra. Por fin salió mi novela. Mucho antes de su aparición ya había levantado un gran revuelo en el mundillo literario. B.[13] se alegró como un niño al leer mi manuscrito. ¡No! No fue en los embriagadores momentos iniciales de mi éxito cuando me sentí más dichoso, si es que alguna vez lo he sido, sino cuando aún no había leído ni enseñado a nadie mi manuscrito: en aquellas largas noches, entre entusiastas esperanzas, sueños y apasionado amor a mi trabajo; cuando me familiarizaba con mi fantasía, con los personajes que había creado como si fueran parientes, seres de carne y hueso. Los amaba, me alegraba y me entristecía con ellos y a veces hasta lloraba con las más sinceras lágrimas por mi modesto héroe. No puedo describir cómo se alegraron los ancianos de mi éxito, aunque en un principio se sorprendieron muchísimo: ¡se quedaron pasmados! Anna Andréievna, por ejemplo, no acababa de creer que aquel nuevo escritor a quien todo el mundo alababa fuera… el mismísimo Vania[14] que había hecho esto y aquello y lo de más allá; y la buena mujer no paraba de mover la cabeza. El viejo tardó mucho en rendirse y al principio, al oír los primeros rumores, llegó incluso a asustarse; se puso a hablar de mi carrera de funcionario perdida y de la vida desordenada que llevan la mayoría de los escritores. Sin embargo, los rumores que se sucedían sin pausa, las reseñas en las revistas y, por último, unos cuantos panegíricos sobre mí que les había escuchado a ciertas personalidades en las que creía con fervor le hicieron cambiar de opinión. Cuando vio que de pronto me encontraba con dinero y supo lo que se podía ganar con la literatura, se desvanecieron sus últimas dudas. Pasó rápidamente de la duda a la plena y apasionada confianza y, alegrándose como un chiquillo de mi suerte, se entregó de repente a las ilusiones más disparatadas y a los sueños más deslumbrantes sobre mi porvenir. Cada día trazaba para mí nuevas carreras y planes, y ¡qué no habría en esos planes! Empezó a mostrarme un singular respeto, sin precedente hasta entonces. Pero, a pesar de todo, recuerdo que en ocasiones, repentinamente, le asaltaban de nuevo las dudas, a menudo en medio de la más arrobada fantasía, y volvían a dejarle desorientado.