Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Qué nota era ésa? —preguntó Natasha.
—Fue a mi casa, no me encontró, como es natural, y me dejó una nota en la que me reprendía enérgicamente por no venir a verte. Y tiene toda la razón. Eso ocurrió ayer.
Natasha me miró.
—Pero, en vista de que has tenido tiempo para pasarte de la mañana a la noche en casa de Katerina Fiódorovna… —empezó a decir el príncipe.
—Ya sé lo que me vas a decir, ya lo sé —le interrumpió Aliosha—: «Si podías estar con Katia, el doble de motivos tenías para venir aquí». Estoy completamente de acuerdo contigo, e incluso añadiré por mi parte: no sólo tenía el doble de motivos, ¡sino un millón más de motivos! Pero es que en la vida suceden cosas extrañas e inesperadas que todo lo trastocan y lo ponen patas arriba. Pues bien, a mí me han ocurrido tales cosas. Ya digo que estos días he experimentado un cambio radical, de pies a cabeza; conque ¡ya tenían que ser serios esos asuntos!
—¡Ay, Dios mío! Pero ¿qué es lo que te ha ocurrido? ¡Te ruego que no nos tengas en ascuas! —exclamó Natasha, sonriendo ante la vehemencia de Aliosha.