Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En verdad, resultaba un tanto ridículo: se atropellaba; le salían las palabras apresuradamente, a borbotones, sin orden ni concierto, en una auténtica algarabía. Todo su afán era hablar y hablar. Y, mientras tanto, no soltaba las manos de Natasha y se las llevaba a los labios a cada instante, como si no pudiera dejar de besarlas.