Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —El caso es que, de hecho, parezco culpable ante ti… Pero qué digo parezco, por supuesto que soy culpable, lo sé, y aun sabiéndolo he venido. Katia me decÃa, ayer y hoy, que no hay mujer capaz de perdonar semejante desprecio (porque ella está al corriente de todo lo que ocurrió aquà el martes; se lo conté todo al dÃa siguiente). He discutido con ella, tratando de demostrarle que sà existe esa mujer, y se llama Natasha, y que probablemente sólo haya otra igual en el mundo, y ésa es Katia; y me he presentado aquà sabiendo, naturalmente, que tenÃa la partida ganada. ¿Acaso un ángel como tú podrÃa negarme su perdón? «Si no ha venido, será porque algo se lo ha impedido; no porque haya dejado de quererme»: ¡eso es lo que pensará mi Natasha! ¿Cómo iba a haber dejado yo de quererte? ¿Acaso eso es posible? Mi corazón sufrÃa por ti. Pero, de todos modos, ¡soy culpable! No obstante, cuando sepas todo lo ocurrido, serás la primera en disculparme. Ahora mismo os lo cuento todo, necesito abriros mi corazón; por eso estoy aquÃ. QuerÃa haber venido antes (tenÃa medio minuto libre) a darte un beso apresurado, pero no ha podido ser: Katia me llamó urgentemente para tratar unos asuntos de suma importancia. Eso fue antes de que me vieras en el coche, papá; ésa era la segunda vez que iba a casa de Katia, después de haber recibido su segunda nota. Últimamente los mensajeros se pasan todo el dÃa yendo y viniendo de una casa a la otra con nuestras notas. Su nota, Iván Petróvich, no pude leerla hasta anoche, y tiene usted razón en todo lo que me dice. Pero ¿qué iba a hacer yo? ¡Me era fÃsicamente imposible! Asà que pensé: mañana por la noche podré justificarme; porque esta noche ya me resultaba imposible no venir a verte, Natasha.