Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Extasiado, le cubrÃa las manos de besos y la contemplaba ávidamente con sus hermosos ojos, como si no pudiera apartar de ella la mirada. Yo me fijé en Natasha y pude adivinar, por la expresión de su rostro, que los dos pensábamos lo mismo: Aliosha era una criatura completamente inocente. Pero, entonces, ¿cómo podÃa ese inocente haberse convertido en culpable? Un intenso rubor tiñó súbitamente las mejillas de Natasha, como si toda la sangre se le hubiera concentrado en el corazón y le afluyera de pronto a la cara. Sus ojos comenzaron a centellear, y miró orgullosa al prÃncipe.
—Pero ¿dónde… dónde has estado… todos estos dÃas? —preguntó con voz contenida y entrecortada. Su respiración era trabajosa e irregular. ¡Dios mÃo, cuánto le amaba!