Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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El príncipe guardaba silencio y miraba a Aliosha con una sonrisa de ironía triunfal. Parecía alegrarse de que su hijo se mostrara tan frívolo, tan ridículo incluso. Durante toda la velada le estuve observando atentamente y acabé de convencerme de que no amaba en absoluto a su hijo, por mucho que la gente hablara de su apasionado amor paterno.

—Después de estar contigo, me fui a ver a Katia —continuó Aliosha—. Ya he dicho que hasta esa mañana no llegamos a conocernos bien, y aquello sucedió de un modo un tanto extraño… Ni siquiera lo recuerdo… Algunas palabras calurosas, algunos sentimientos e ideas expuestos con franqueza, y nos hicimos amigos íntimos para toda la vida. ¡Tienes que conocerla, Natasha, tienes que conocerla! ¡Cómo me habló de ti, cómo hizo que te viera! ¡Cómo me explicó que tú eres un tesoro para mí! Poco a poco me expuso sus ideas y su forma de ver la vida; ¡es una muchacha tan seria, tan entusiasta! Me hablaba del deber, de nuestra misión, de que todos debemos servir a la humanidad; al cabo de cinco o seis horas de conversación, como estábamos de acuerdo en todo, acabamos por jurarnos amistad eterna y decidimos colaborar durante toda la vida.

—¿Colaborar en qué? —preguntó sorprendido el príncipe.


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