Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —He cambiado tanto, padre, que todo esto, como es natural, debe de sorprenderte; hasta adivino de antemano todas tus objeciones —respondió Aliosha con solemnidad—. Todos vosotros sois personas prácticas, os regÃs por reglas antiguas, serias, estrictas; todo lo nuevo, todo lo joven y fresco lo miráis con recelo, hostilidad y sarcasmo. Pero yo ya no soy el mismo que tú conocÃas hace sólo unos dÃas. ¡Soy otro! Miro con audacia a los ojos a todo y a todos. Si estoy convencido de que algo es justo, lo persigo hasta las últimas consecuencias; si no me aparto del camino, seré un hombre honrado. Pero basta de hablar de mÃ. Podéis decir lo que os plazca, pero yo estoy seguro de mà mismo.
—¡Caramba! —dijo el prÃncipe en tono burlón.
Natasha nos miraba preocupada. TemÃa por Aliosha. A menudo se dejaba llevar por la conversación —algo que no le beneficiaba—, y ella lo sabÃa. No querÃa que Aliosha se pusiera en ridÃculo delante nosotros y, sobre todo, delante su padre.
—¡Qué dices, Aliosha! Eso ya es pura filosofÃa —dijo Natasha—. Seguro que alguien te la ha inculcado… DeberÃas contarnos lo que te ha ocurrido.