Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pero ¡si os lo estoy contando! —exclamó Aliosha—. Mira, Katia tiene dos parientes lejanos, unos primos o algo asÃ, Lióvenka y Bórenka; uno es estudiante y el otro es un joven, sin más. Tiene trato con ellos, y son unas personas sencillamente extraordinarias. Apenas visitan a la condesa, por una cuestión de principios. Cuando Katia y yo estábamos charlando sobre la misión del hombre, su vocación y todo eso, me habló de ellos y en seguida me entregó una carta de presentación; fui corriendo a conocerlos. Esa misma noche nos hicimos amigos. HabÃa allà una docena de individuos de muy diversa condición: estudiantes, oficiales, artistas; habÃa un escritor… Todos le conocen a usted, Iván Petróvich, es decir, han leÃdo sus obras y esperan mucho de usted en el futuro. Me lo dijeron ellos mismos. Les comenté que le conocÃa y les prometà presentárselo. Todos me acogieron como hermanos, con los brazos abiertos. Desde el primer momento les dije que pronto me convertirÃa en un hombre casado, y ya me trataban como tal. Viven en un quinto piso, en una buhardilla; se reúnen en casa de Lióvenka y Bórenka con la mayor frecuencia posible, preferentemente los miércoles. Son todos unos jóvenes muy despiertos, que aman fervientemente a la humanidad; estuvimos hablando de nuestro presente, del porvenir, de ciencia, de literatura, y hablamos tan a gusto, con tanta franqueza y sinceridad… También suele ir allà un estudiante de gimnasio. ¡Cómo se tratan entre sÃ! ¡Cuánta nobleza! ¡Hasta ese momento nunca habÃa visto nada igual! ¿Dónde habÃa estado metido hasta ahora? ¿Qué habÃa visto? ¿Sobre qué fundamentos me habÃa educado? Sólo tú, Natasha, me habÃas hablado de algo parecido. Ah, Natasha, tienes que conocerlos sin falta; Katia ya los conoce. Hablan de ella casi con veneración, y Katia ya les ha dicho a Lióvenka y Bórenka que, cuando disponga legalmente de su fortuna, donará de inmediato un millón de rublos para el bien común.