Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Padre —empezó con pena—, ¿por qué te ríes de mí? Me he dirigido a ti con toda sinceridad y franqueza. Si, a tu juicio, no estoy diciendo más que bobadas, hazme entrar en razón, pero no te rías de mí. Y ¿de qué te ríes? ¿De aquello que para mí es ahora sagrado y noble? Muy bien, supongamos que estoy equivocado, que todo eso es falso y erróneo, que yo soy un imbécil, como ya me has llamado en más de una ocasión; pero, si me equivoco, lo hago de un modo sincero y honrado; no he perdido mi dignidad. Me entusiasmo con ideas elevadas. Aunque sean erróneas, su fundamento es sagrado. Como ya te he dicho, ni tú ni los tuyos me habéis ofrecido nunca nada que me pudiera servir de guía, nada que me atrajera. Refuta a esa gente, dime algo mejor que lo que dicen ellos y te seguiré, pero no te rías de mí, porque eso me duele mucho…

Aliosha pronunció estas palabras con extraordinaria nobleza y grave dignidad. Natasha le observaba con simpatía. El príncipe escuchó asombrado a su hijo e inmediatamente cambió de tono.

—En absoluto pretendía ofenderte, querido —contestó—; al contrario, siento lástima de ti. Te dispones a dar un paso muy importante en la vida, y ya es hora de que dejes de comportarte como un chiquillo atolondrado. Eso es lo que creo. Me he reído sin querer y en modo alguno pretendía ofenderte.


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