Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Entonces, ¿por qué me ha dado a mà esa impresión? —replicó Aliosha, con una sensación de amargura—. ¿Por qué desde hace mucho me parece que me miras con hostilidad, con una expresión de frÃo sarcasmo y no como un padre a un hijo? ¿Por qué tengo la sensación de que, si yo estuviera en tu lugar, no me habrÃa atrevido a ofender a mi hijo como tú lo acabas de hacer? Escucha: hablemos con franqueza, de una vez por todas, para que no quede ningún resquicio de duda. Y… puestos a decir toda la verdad: me ha parecido que mi entrada aquà ha despertado cierta perplejidad; no pensaba encontraros aquà juntos en tal actitud. ¿Es asà o no? Si es asÃ, ¿no serÃa mejor que cada uno manifestara sus sentimientos? ¡Cuántos males pueden evitarse con la franqueza!
—¡Habla, habla, Aliosha! —dijo el prÃncipe—. Lo que propones me parece muy sensato. A lo mejor, debÃamos haber empezado por ahà —añadió, mirando a Natasha.