Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No te enfades por mi absoluta franqueza —comenzó Aliosha—, tú mismo la deseas, tú mismo la reclamas. Escucha, pues. Has dado tu consentimiento para que me case con Natasha, me has proporcionado esa alegría, y para ello has tenido que vencerte a ti mismo. Has sido magnánimo y todos hemos apreciado tu noble proceder. Pero ¿por qué te complaces ahora en insinuar constantemente que sigo siendo un chiquillo y que no valgo en absoluto para marido? Y, por si eso fuera poco, ¿por qué parece como si quisieras dejarme en ridículo, humillarme e incluso denigrarme a los ojos de Natasha? Siempre te ha gustado tomarte mis cosas a risa; no es algo de lo que me haya dado cuenta ahora, sino hace mucho. Es como si estuvieras tratando, por alguna razón, de demostrarnos que nuestro matrimonio es algo ridículo, absurdo, y que no hacemos buena pareja. Sí, como si tú mismo no creyeras en aquello a lo que nos destinas, como si no vieras en todo esto más que una broma, una divertida ocurrencia, un gracioso vodevil… Y eso no lo deduzco tan sólo de las palabras que acabas de pronunciar. El martes por la noche, cuando después de estar aquí fui para tu casa, te oí decir cosas extrañas, que me sorprendieron y hasta me hirieron. Y el miércoles, al marcharte, hiciste también unas cuantas insinuaciones sobre nuestra situación actual; hablaste también de Natasha, no de una forma ofensiva, ni mucho menos, pero tampoco como me habría gustado oírte, sino con demasiada ligereza, sin afecto, sin respeto a ella… Es difícil de explicar, pero el tono estaba claro; el corazón lo percibe. Dime que estoy equivocado. Hazme cambiar de parecer, reconfórtame y… también a ella, puesto que también a ella la has herido. Al entrar aquí, lo he adivinado de un solo vistazo…


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