Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos El príncipe escuchó en silencio, con la más pérfida de sus sonrisas, toda aquella perorata; la maldad se reflejaba en su semblante. Natasha le observaba con manifiesta repulsión. Él lo notaba, pero fingía no darse cuenta. En cuanto Aliosha acabó, el príncipe rompió a reír. Hasta se recostó en el respaldo de la silla, como si no tuviera fuerzas para contenerse. No obstante, era una risa indudablemente forzada. Resultaba demasiado evidente que sólo se reía para agraviar y humillar lo más posible a su hijo. Aliosha, efectivamente, se sintió herido; su semblante reflejaba una extraordinaria tristeza. Pero aguardó pacientemente a que cesara la hilaridad de su padre.