Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Qué es lo que no puede quedar asÃ? —replicó Aliosha—. ¿Sabes, padre, por qué estoy diciendo ahora todo esto delante de ti? Pues porque deseo y espero introducirte a ti también en nuestro cÃrculo. Ya he comprometido mi palabra por ti. Te rÃes, ¡sabÃa yo que ibas a reÃrte! Pero escucha. Tú eres bueno, noble; pronto lo entenderás. No conoces a esas personas, no las has visto nunca ni las has escuchado. Aun suponiendo que hayas oÃdo hablar de todas estas cosas, que las hayas estudiado, pues eres un hombre muy culto, a ellos ni los conoces personalmente ni has estado en su compañÃa. ¿Cómo puedes entonces juzgarlos debidamente? Sólo te imaginas que los conoces. No: visÃtalos, escúchalos y, luego, ¡te aseguro que serás uno de los nuestros! Por encima de todo, deseo emplear cualquier medio a mi alcance para salvarte de la perdición en esos cÃrculos sociales a los que te sientes tan ligado, para salvarte de tus convicciones.