Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Perdone —gritó el prÃncipe—, pero es justo al revés; ese hecho…
—Estoy hablando yo —le interrumpió Natasha con firmeza—. Aquella noche se preguntó qué podÃa hacer, y decidió darle su consentimiento para casarse conmigo, pero no lo hizo convencido, sino tan sólo de boquilla, para tranquilizarle. La fecha de una boda, pensaba usted, siempre puede aplazarse tanto como se quiera; y, mientras tanto, estaba naciendo un nuevo amor: usted ya se habÃa percatado. Y en el nacimiento de ese nuevo amor cifraba usted todas sus esperanzas.
—Novelas, novelas —dijo el prÃncipe a media voz, como si hablara para s×. ¡Todo eso es fruto de la soledad, de las ensoñaciones, de la lectura de novelas!