Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Sí, sí, no me interrumpa, me he jurado a mí misma que se lo diría todo —replicó Natasha, irritada—. Como recordará, Aliosha había dejado de obedecerle. Durante medio año se ha afanado en separarlo de mí. Él no cedía. De pronto, en cierto momento el tiempo empezó a apremiar. Si perdía a su hijo, también se le escapaban de las manos la prometida y el dinero, sobre todo el dinero: los tres millones de la dote. Sólo quedaba un recurso: que Aliosha se enamorara de aquella que usted le había escogido como prometida; creía que, si se enamoraba de ella, a lo mejor me dejaba…

—¡Natasha! ¡Natasha! —grito Aliosha afligido—. ¿Qué estás diciendo?

—Y eso fue lo que hizo —continuó ella, sin prestar atención al grito de Aliosha—, pero ¡volvió a repetirse la misma historia! ¡Cuando todo parecía arreglarse, otra vez era yo la que le estorbaba! Sólo había una cosa que podía infundirle esperanza: usted, como hombre experimentado y astuto que es, tal vez hubiera advertido ya que Aliosha, en ocasiones, parecía cansado de su antigua relación. Usted, por fuerza, ha tenido que notar que empezaba a desatenderme, a aburrirse, que no venía a verme en cinco días. «A lo mejor se cansa del todo y la abandona», pensaría usted; de pronto, el martes, la conducta tan resuelta de Aliosha le dejó estupefacto. ¿Qué podía hacer?


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