Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Tú no te has creído todo lo que le he dicho! Lo he advertido en tu semblante. Pero espera y verás si tengo o no tengo razón. Hasta ahora sólo he hablado en términos muy generales, pero sabe Dios qué otras ideas le rondarán la cabeza. ¡Es un hombre terrible! Me he pasado estos cuatro días dando vueltas por la habitación y he caído en la cuenta de todo. Lo que él necesitaba era que Aliosha se sintiera libre de la angustia que no le dejaba vivir y de las obligaciones que le imponía su amor por mí. Se le ocurrió la idea de la boda para poder interponerse entre nosotros, para ejercer mejor su influencia y ganarse a Aliosha con su nobleza y generosidad. ¡Ésa es la verdad, Vania, ésa es la verdad! Aliosha tiene ese carácter, ni más ni menos. Se quedaría tranquilo con respecto a mí, ya no tendría motivos de inquietud. Pensaría: «Bueno, ésta ya es mi mujer, a ésta ya la tengo para siempre», y, sin darse ni cuenta, le prestaría más atención a Katia. El príncipe, evidentemente, ha analizado a Katia y se ha dado cuenta de que es una buena pareja para su hijo y puede atraerlo con más fuerza que yo. ¡Oh, Vania! Todas mis esperanzas se cifran ahora en ti: por la razón que sea, quiere conocerte mejor, tratarte más de cerca. Tú no te opongas y, por el amor de Dios, intenta ir lo antes posible a casa de la condesa. Procura tener trato con esa Katia, obsérvala bien y dime cómo es. Necesito que me des tu opinión. Nadie me conoce como tú, y tú comprenderás lo que necesito. Averigua, además, hasta dónde llega su amistad, qué hay entre ellos, de qué temas hablan; pero, sobre todo, fíjate bien en Katia… ¡Demuéstrame una vez más, queridísimo Vania, tu amistad! ¡En ti y sólo en ti están depositadas ahora mis esperanzas!


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