Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No me enfado —replicó tímidamente, alzando hacia mí una mirada llena de luz y de afecto; luego, de pronto, cogió mi mano, apretó su rostro contra mi pecho y rompió a llorar.
Pero en ese mismo instante también se echó a reír, y lloraba y reía, todo al mismo tiempo. A mí también me dieron ganas de reír, y me sentía un poco… enternecido. Sin embargo, la muchacha por nada del mundo quería levantar la cabeza y, cuando intenté separar su carita de mi hombro, se apretó con más fuerza aún, y se reía cada vez con más ganas.
Por fin concluyó aquella escena sentimental. Nos despedimos; yo llevaba prisa. Nellie, toda ruborizada, como si estuviera aún avergonzada, con los ojos resplandecientes como estrellas, se asomó a la escalera detrás de mí y me pidió que regresara pronto. Le prometí que sin falta volvería para comer y, si me era posible, antes.