Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No lo era en absoluto —replicó casi en un susurro y, súbitamente, de manera abrupta, casi con enojo, se puso de morros y clavó la vista en el suelo, con mayor obstinación aún.
Transcurrieron unos instantes.
—Y ella… bueno, ellos… la muchacha y el viejecito[47] —susurró, pellizcándome la manga con más fuerza aún—, ¿acaban viviendo juntos y dejan de ser pobres?
—No, Nellie; ella se marcha lejos, se casa con un terrateniente y él se queda solo —respondà con sumo pesar, lamentando realmente no poder decirle nada más consolador.
—¡Ah! Vaya… ¡Menuda historia! ¡Cómo es usted!… ¡Pues entonces ya no quiero seguir leyéndolo!
Y soltó mi mano, enfadada, se apartó de mà bruscamente, se fue hacia la mesa y se puso de cara al rincón, con los ojos fijos en el suelo. Estaba toda colorada y su respiración era irregular, como si sintiera una profunda aflicción.
—Basta, Nellie, ¡ya te has enfadado! —le dije, acercándome a ella—. Pero si todo lo que he escrito es mentira, es pura invención. ¿Por qué te enfadas? ¡Qué sensible eres!