Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me dirigí primero a casa de los Ijménev. Los dos se encontraban enfermos. Anna Andréievna era la que estaba peor; Nikolái Sergueich se hallaba en su despacho. Me había oído llegar, pero yo sabía que, según su costumbre, no saldría de allí antes de un cuarto de hora, para dejarnos hablar. No quería causar un gran pesar a Anna Andréievna, y por eso suavicé en la medida de lo posible mi relato sobre lo ocurrido la noche anterior, pero le dije la verdad; para gran sorpresa mía, la anciana, aunque se apenó, no pareció asombrarse demasiado de la noticia de la posible ruptura.