Humillados y ofendidos

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—Bueno, bátiushka, eso es lo que yo me figuraba —dijo—. Cuando usted se fue, me quedé pensando un buen rato y llegué a la conclusión de que ese asunto no prosperaría. No lo hemos merecido a los ojos de Dios. Además ese hombre es un granuja, ¿se puede esperar de él algo bueno? Se dice pronto: nos quita diez mil rublos en balde, porque él sabe que lo hace en balde, y, sin embargo, nos los quita. Nos quita hasta el último pedazo de pan; tendremos que vender Ijménevka. Pero Natáshechka, que es una muchacha cabal y sensata, ha hecho bien en no creerle. Y ¿sabe otra cosa, bátiushka? —siguió en voz baja—. ¡Mi marido, mi propio marido se opone rotundamente a que se celebre ese matrimonio! Se le escapó: «¡No, no quiero!», decía. Al principio, creí que se trataba de un desvarío; pero no, lo dice en serio. ¿Y qué va a ser de ella, de mi palomita? Porque, entonces, su padre la va a maldecir para siempre. Bueno, y el otro, Aliosha, ¿qué dice?

Y siguió haciéndome preguntas durante un buen rato y, como de costumbre, suspiraba y se lamentaba a cada respuesta mía. En general, venía observando que en los últimos tiempos parecía completamente trastornada. Cualquier noticia la conmocionaba. El pesar por Natasha estaba acabando con su corazón y su salud.


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