Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Entró el viejo en bata y pantuflas; se quejaba de fiebre, pero estuvo muy cariñoso con su mujer y en todo el tiempo que estuve con ellos cuidó de ella como una enfermera; la miraba a los ojos e incluso se sentía intimidado ante ella. Cuánta ternura había en sus miradas. Estaba asustado por su enfermedad; sabía que, si la perdía, lo perdería todo en la vida.

Estuve con ellos cerca de una hora. Al despedirnos, me acompañó hasta el recibidor y se puso a hablar de Nellie. Tenía el firme propósito de acogerla en su casa para que ocupara el lugar de su hija. Me pidió consejo sobre cómo convencer a Anna Andréievna. Con especial curiosidad, me preguntó sobre Nellie; quería saber si había averiguado algo nuevo sobre ella. Se lo conté a toda prisa. Mi relato le impresionó.

—Ya volveremos a hablar de eso —dijo resueltamente—. Pero mientras tanto… Por lo demás, yo mismo iré a verte en cuanto me restablezca un poco. Y entonces decidiremos.

A las doce en punto llegué a casa de Maslobóiev. Para sorpresa mía, la primera persona con la que me topé al entrar fue el príncipe. Estaba en el recibidor poniéndose el abrigo; Maslobóiev le ayudó servicial y luego le entregó su bastón. Aunque ya me había mencionado que conocía al príncipe, aquel encuentro me sorprendió extraordinariamente.

El príncipe pareció turbarse al verme.


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