Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ah, es usted! —exclamó con exagerada vehemencia—. ¡Qué encuentro tan inesperado! Por cierto, acabo de enterarme por el señor Maslobóiev de que se conocen ustedes. Cuánto me alegro de saludarle, cuánto me alegro; precisamente estaba deseando verle y espero pasarme a hacerle una visita lo antes posible, si usted me lo permite. He de pedirle un favor: ayúdame a resolver nuestra situación actual. Como supondrá, me refiero a lo sucedido ayer… Es usted un buen amigo de la casa, está al tanto de la marcha que ha seguido el asunto, tiene influencia… Siento enormemente no poder hablar ahora mismo con usted… ¡Los negocios! Pero dentro de unos dÃas, tal vez antes, tendré el placer de visitarle. Ahora…
Me estrechó la mano, también con exagerada fuerza, cambió una mirada con Maslobóiev y salió.
—Dime, por el amor de Dios… —le dije al entrar en la habitación.
—No voy a decirte nada de nada —me atajó, cogiendo a toda prisa la gorra y dirigiéndose al recibidor—. ¡Los negocios! ¡No puedo entretenerme, hermano, llego tarde!
—Pero si fuiste tú quien me escribió para que viniera a las doce.