Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Y eso qué más da? Ayer te escribà a ti, pero hoy me han escrito a mÃ. ¡Menudo quebradero de cabeza! ¡Asà son las cosas! Me están esperando. Perdona, Vania. Lo único que puedo ofrecerte en compensación es que me des una tunda por haberte molestado inútilmente. Si quieres desquitarte, pégame, pero rápido, ¡por Dios! No me entretengas, que tengo asuntos que atender y me están esperando…
—Pero ¿para qué voy a pegarte? Si tienes asuntos que atender, corre, a cualquiera se le puede presentar un imprevisto. Tan sólo…
—No; ya te diré lo de ese tan sólo —me interrumpió, saliendo al recibidor y poniéndose el capote; lo mismo hice yo—. También tengo que tratar un asunto contigo, un asunto muy importante; por eso te habÃa llamado; te concierne directamente a ti y a tus intereses. Pero, como es imposible contártelo ahora en un minuto, dame tu palabra, por el amor de Dios, de que vendrás hoy a las siete en punto, ni antes ni después. Estaré en casa.
—¿Hoy? —dije vacilante—. Pero si esta tarde, hermano, querÃa pasarme por…
—Pues ve ahora, querido, a donde querÃas ir por la tarde y esta tarde te vienes a mi casa. Porque no puedes ni imaginar, Vania, las cosas que voy a contarte.
—Está bien, está bien, ¿de qué se trata? Confieso que has despertado mi curiosidad.