Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Entre tanto, habÃamos salido del portal y nos encontrábamos ya en la acera.
—Entonces, ¿vendrás? —volvió a insistir.
—Ya te he dicho que sÃ.
—No, dame tu palabra de honor.
—¡Hay que ver cómo eres! Muy bien, te doy mi palabra de honor.
—Estupendo, te lo agradezco. ¿Hacia dónde vas?
—Hacia allá —respondÃ, señalando hacia la derecha.
—Pues yo hacÃa allá —dijo, indicando hacia la izquierda—. ¡Adiós, Vania! A las siete, no lo olvides.
«¡Qué extraño!», pensé, mientras le veÃa alejarse.
Por la noche querÃa visitar a Natasha, pero, como le habÃa dado mi palabra a Maslobóiev, decidà ir a su casa en ese momento. Estaba convencido de que encontrarÃa allà a Aliosha. Efectivamente, allà estaba él y se alegró muchÃsimo al verme entrar.
Estaba muy simpático, extraordinariamente cariñoso con Natasha, y mi llegada incluso le produjo gran alborozo. Natasha trataba de mostrarse alegre, pero resultaba evidente que era la suya una alegrÃa forzada. TenÃa una cara lastimosa y pálida; habÃa dormido mal aquella noche. Con Aliosha estaba especialmente dulce.